Opinión #FranciscoJavierGonzález | 20-Julio-2026

 

Post mortem

Francisco Javier González EN REFORMA

20 julio 2026


Me imagino que todos amanecimos más o menos igual. No nos hallamos, sentimos un vacío. Nos falta algo.


Todo terminó y ahora quedan únicamente los recuerdos y el anhelo de que pasen rápidamente los cuatro años que faltan para la siguiente Copa del Mundo.

Aunque los boletos vuelvan a ser inalcanzables. Aunque los gobernantes sean tan torpes que quieran salir en la foto como si fueran los campeones. Aunque como ahora, la política haya amenazado el bote del balón, que volvió a triunfar, como siempre.

Ya sé. Se trata en principio de un juego. Pero no es solamente eso. Es un mosaico de emociones y sensaciones que guardaremos en nuestro ser gracias al recuerdo que nos traerá a la mente siempre con quién vivimos ese momento, con quién discutimos ese partido, cómo lo festejamos o con quiénes nos consolamos después de la derrota.
El Mundial de futbol es un parque de diversiones gigantesco que se monta cada cuatro años para recompensar a la pobre raza humana, invadida de violencia, dolor y todo tipo de enfermedades físicas y morales.

Es un bálsamo que no resuelve los problemas que cada uno vive en su circunstancia, que no resuelve las luchas atómicas por el poder o el abuso de los grandes a los pequeños países que también tienen una Selección participante.

Pero ahí, en el campo, por lo menos de inicio todos juegan once contra once y empiezan el partido cero a cero. La fiereza y la sorpresa nos permiten un Cabo Verde que no solamente hizo felices a sus pocos habitantes. Su mensaje, como el de otros, llegó a muchos rincones del planeta, ignorante hasta entonces de su existencia.

Una atajada conmueve, como las de Vozinha. Una barrida hace rechinar los dientes, como la del valiente equipo iraní.

Un gol puede hacer llorar, como el de los ingleses que ni así apagaron el fuego del Ángel de la Independencia y de un país que esta vez fue orgulloso del equipo que le representó.

Una porra nos puede poner a todos a remar; un gol prodigioso le quita diez años al ídolo albiceleste que lo marcó e ilumina a un francés tan excelso como fanfarrón que va a romper todos los récords hoy vigentes.

Todas esas son emociones y sensaciones coleccionadas durante 40 días en el Mundial más largo, pero también el más inolvidable.

El hueco que sentimos en el alma y en el estómago es porque nunca volveremos a estar todos juntos, en el mismo lugar y por la misma causa. Los jugadores de países ricos se volverán a subir a sus lujosos autos y los que fueron reyes por un día abordarán el autobús que los lleve al próximo entrenamiento en el que darán la vida con tal de repetir. Nosotros también volvemos a la rutina.

Los estadios cerraron ya con candado. Queda el eco de los cantos, de los gritos y de las esperanzas. Y del triunfo español, imprescindible, porque la calidad fue premiada por encima del esfuerzo sobrehumano de una Argentina sobreviviente.

El parque de diversiones ya está desmontado. Gracias por tanta alegría en tiempos tristes. Nos han hecho vibrar.

 
X: @FJG_TD

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